Caminaba hacia delante por hacer algo. La amargura era tan inmensa, que a cada paso, las manos se balanceaban como mi corazón entre sus manos. No me creía nada, pero pasó. A cada paso, me alejaba de aquel portal, de esa puerta hacia el abismo. Me dolían sus ojos, me dolía mi aliento. Su mirada de asombro teñida de miedo retumbaba en mi cabeza. Su voz, ahogada por la ansiedad, resonaba en mis oídos. Mi corazón no fue robado, más bien, arrebatado. Se quebró en sus manos. La amistad quedaba lejana, pero el dolor era muy presente. Ninguno lo quería así. ¿Quién gana en esto? Verdaderamente el guion era extraño.
Y bajo aquel escenario, me lancé a la nada. Para tener algo que no había tenido, tuve que hacer eso que nunca había hecho. Pero la caída fue brutal, seca, intensa, amarga. Mi piel se congeló, pues esperaba broncearse por un sol cálido y acogedor, pero se encontró una noche cerrada y fría. Nada dolía más que su no. Pero no fue un no sin más. Fue adornado con palabras de amistad y disculpa. Ese sentimiento tan puro, pero a la vez tan complicado, había dado lugar a un “lo siento”. Desde luego que lo sentí. Mil puñales me atravesaron, me desangraron y me dejaron vacío. ¿Adónde se fue la esperanza?
Tras la caída vino la desesperación. ¿Podía culparla por no sentir lo mismo? La pregunta no me abandonaba. Oh, fiel compañera es la duda. Desde que todo empezó, la duda siempre estuvo ahí. Desde ese día que pude conocer su mirada y quedarme preso de sus ojos. Y no hubiese sido tan esclavo si a la duda no le hubiese acompañado el tiempo. Siempre el tiempo. No quería el desenlace de este guion, no quería el verme desloado, no quería el verme sólo sin su sonrisa.
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