Érase una vez un árbol. Majestuoso y solitario, se erigía como rey de la colina de Happinessville. Todos los vecinos del pueblo lo conocían; los abuelos contaban a los nietos las batallas de bolas de nieve en invierno en las que el árbol se convertía en el cuartel general del equipo de los buenos; los jóvenes invitaban al baile de graduación a las bellas mujeres del condado bajo sus ramas, desde donde se podía ver el atardecer sobre el lago Eternity; los no tan jóvenes compraban el anillo en la joyería de la ciudad pero se declaraban al calor de su grueso tronco... todo el mundo en Happinessville tenía una bonita historia junto al árbol de la colina que merecía ser contada.
Sí... todos... bueno, en realidad había un hombre que no tenía ninguna historia que contar. Ese pobre hombre era Eduardo. Y ese pobre hombre vivía en lo alto del árbol. Eduardo llevaba más de cien años escuchando a niños llorar, reír escandalosamente y gritar. Eduardo soportaba más de veinte declaraciones de amor empalagosas al año. Eduardo no dormía desde hacía más de cien años porque los jóvenes iban a la colina al anochecer para llevar a cabo sus inocentes festejos.
Happinessville era un buen lugar para vivir y el lugar que más momentos felices concitaba era el árbol de la colina. Sus ramas habían visto miles de sonrisas. Su tronco había admirado miles de atardeceres. Sus raíces habían sostenido mil abrazos y mil besos. Pero nadie se acuerda del pobre y desdichado Eduardo.
Una vez, hace mucho tiempo, el primer día que Eduardo decidió irse a vivir a lo alto del árbol de la colina, se clavó una astilla y, oh, le dolió mucho. Y gritó y lloró y pidió ayuda (al fin y al cabo, tenía 10 años) pero los niños que tanto le odiaban estaban ahí abajo jugando y riendo y nadie se percató de los lloros.
Eduardo sufría...
Muchos años hace ya de ese día... Ahora Eduardo se había acostumbrado a las astillas. Su piel se había endurecido y sus ojos acostumbrado a la penumbra de la altura frondosa. Pero Eduardo seguía sufriendo.
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"Hoy es mi cumpleaños. 111 años ya... ¿Quién lo diría? Hoy tengo que hacer algo grande..." -pensaba Eduardo mientras le arrancaba la cabeza de un mordisco a un pobre gorrión que descuidado se había posado sobre las ramas.- "Mmmm, un buen desayuno alegra a cualquiera."
111 años son muchos años. Muchos años de silencio y de agonía; muchos años de olvido y desesperación. Muchos años deseando venganza. Aquella noche, Eduardo cometería un crimen que pasaría a la historia de Happinessville como el suceso más doloroso que hayan vivido los habitantes del condado en todos sus siglos de vida.
La noche del 16 de octubre de 1894 fue una noche oscura, fría y lúgubre... una noche que los habitantes de Happinessville conocerían como "La Noche de las Astillas". Una noche que nadie... nunca... podrá olvidar.
Eduardo Sadness