sábado, 16 de noviembre de 2013

El bosque

Cuando sonaron aquellas doce campanadas en la iglesia, las antorchas se encendieron y una muchedumbre enfurecida rugió hacia la plaza del pueblo, al unísono, con un solo objetivo. Pude huir y esconderme de aquellos que pedían la quema en la hoguera de todos los que osaban perturbar sus sueños de fantasía. Tan sólo unos pocos éramos conscientes y rebeldes de la realidad.

Salí malherido del pueblo y me guarecí en el bosque, esperando a que se apaciguaran las almas de los furiosos. Allí, en la penumbra, escondido ante la naturaleza y tras una cortina de lágrimas secas y de color carmesí, me aseguraba a mí mismo que todo saldría bien, que nadie me reconocería allí, que estaba bien escondido. 

Y algunas veces el diablo quería sonreírme. Pero esta vez la sonrisa diabólica no era de mi imaginación. Era una sonrisa real.

Era una chica la que me sonreía maléficamente desde lo alto de una de las ramas de aquellos árboles que me rodeaban. Desde aquella altura me miraba fijamente.

-          Tú eres al que querían linchar, ¿no? Ven, estás a salvo.

Me llevó a su guarida, donde vivía con más gente, la cual me cuidaron como a uno más.
Entre aquellos asaltadores de viajeros como descubrí más tarde viví,  y crecí considerándolos mi familia. No era muy talentoso en ninguna arte en especial, mas intenté ayudar en todo lo que pude a cualquiera de ellos. Y a la única a la que jamás pude ayudar fue a la que me había salvado.

Hasta aquella noche.

Note su falta entre aquellas madrigueras cuando escuché aquellas doce campanadas que auguraban lo peor. Y empecé a correr, esperando equivocarme. Y en la plaza del pueblo, en aquella donde yo había estado prisionero, en aquel mismo trono te vi, capturada, rodeada de gente que pedía fuego.

Mi presencia allí fue suficiente para que algunos de los presentes me reconociesen, y fueran a por mí para quemarme. Y provoqué el caos corriendo por la plaza del pueblo. En medio de aquella pelea de antorchas, te desaté y huimos hacia el bosque. Pero se dieron cuenta de tu desaparición. Nos siguieron. Y los llevábamos hacia el bosque. Hacia todos los demás…

¿Te acuerdas? Fue en aquel mismo punto donde te vi. Donde me descubriste. Pero esa vez, la sonrisa había desaparecido de tu cara.

Te empujé hacia dentro del bosque con la intención de ocultarte, y corrí en otra dirección llamando la atención de los villanos para distraerles. Para que vinieran a por mí. Y te sonreí, esta vez yo a ti, mientras te decía “estaré bien. Huye.” 

Me pillaron y me quemaron, pero tú saliste del embrollo. Conseguiste escapar. Y en mi quema fuiste a verme, intentas salvarme tal y como yo hice, mas no te acercaste. No te dejé. Mientras yo ardía, provoqué que aquellas cabañas de madera ardieran también.

Que el pueblo entero ardiera. Para que fueras libres, mi regalo por salvarme. No sé si conseguí que fueseis libres. Algo me dice que tú al menos lo conseguiste.

Hoy en día, cuando abro la ventana de mi habitación y veo la ciudad, me pregunto qué será de aquel bosque de mi imaginación y qué será de ti…

Calcetines sobre la mesa

¿Nunca os ha pasado? Toda una vida pensando en el amor. No un amor cualquiera, claro, sino ese amor perfecto e inabarcable que tan de moda se ha puesto desde que sacaron las películas de Crepúsculo. Ese amor que hace que toda tu vida cobre sentido, que te pone los pies en la tierra y la cabeza en las nubes, haciendo que te sientas gigante, invencible. Imagina que lo encuentras. Imagina que te casas, que tienes hijos, que eres feliz a grandes rasgos. A grandes rasgos, sí, pero Dios está en los detalles. Dios está en los calcetines encima de la mesa, en la tapa del váter levantada y en las discusiones que empiezan de forma estúpida y banal y terminan con recriminaciones a los ancestros. Dios está en las tardes llorando, en las noches en vela y en las mañanas de café y cigarrillo en las que sólo quieres desaparecer. Vaya, duele. Duele mucho. Dolemos.

La importancia de no llamarse nada en absoluto

Desaparecer. Es simple y es lo único que pido. Es sólo una palabra, y todo que anhelo. No quiero más, no más, de nada. Dejar de existir y de sufrir, dejar de vivir, o mejor, no haber nacido. ¿Por qué? Nunca quise hacer mal, nunca, y aquí estoy, clamando, suplicando ser retirado del mercado, implorando un descanso que no me merezco. Lo que yo quiero es que el resto del mundo descanse de mí, dejar de ser una molestia y dar paso a otros mejores. Nadie... Nadie me echará de menos cuando desaparezca. Todos... Todos estarán mejor sin mí.

Mensajes

Ayer, a altas horas de la noche, escondida entre viejos libros encontré tu foto. La especial, la de aquel día. Tenía una inscripción junto a tu sonrisa. Siempre.

A veces parece que el mundo, el destino o el azar, te mandan advertencias. Aquello fue lo primero que pensé. Que era tu forma de recordarme quién habías sido, de gritar "no me olvides". Pero yo nunca haría eso.

Así que tras varias horas dando vueltas por mi cuarto, mirando tu foto y escribiendo cartas que rompía antes de acabar, pensé "no es eso. No lo es. Ninguna advertencia. Es un regalo, tu regalo, tu sonrisa. Es un sigo aquí, en algún lugar, y te recuerdo".

Escribí una sola palabra. Gracias. Y una sonrisa tan brillante como la tuya. Cerré el sobre y lo dejé caer por el balcón. Abajo estaba lloviendo y pronto las gotas borraron todo rastro de mi respuesta. Sin evidencias, todo sería un sueño.

Pero hoy he despertado y, oh sorpresa, era día 16. Y hoy, más que nunca, no eres un sueño. Hoy, más que nunca, estás en mi recuerdo.

Hoy, más que nunca, te sigo echando de menos.

Midnight Lady.

El viaje de Trip

Un hombre rechoncho, de una edad que rondaba los cincuenta y aspecto bonachón,  cojeó hasta la puerta de la pequeña y acogedora sala de visitas. La entreabrió primero, echando un rápido vistazo al exterior, para después abrirla de par en par, dejando entrar un remolino de aire y nieve. Como si formase parte del diminuto tornado, una mujer alta y espigada de unos sesenta años entró deslizándose sobre las tablas del suelo con un grueso abrigo de color mercurio.
Ah, señora Cottonby. Por favor, pase, siéntese frente al fuego. Todavía no hemos comenzado, claro, le esperábamos a usted. ¿Me permite el abrigo? Sí, por favor, ahora mismo preparo bebidas calientes. ¿No? ¿Segura? Bueno… Acompáñeme por aquí. Sí, aquí están los demás. El almirante Eagleson y su mujer. Lady Newmark y sus hijas. Y mire, fumando en la ventana tiene usted al señorito Minedust. Una reunión encantadora, sí, sin duda. Entonces… ¿Nada de beber? Bien, bien… Supongo que podemos comenzar. Tomaré asiento en la butaca roja, si me permiten. Veamos… Hace tanto tiempo… Sí, ya sé cómo comenzar.
Ésta es la historia de un muchacho con cabellos color de bronce y ojos color de plata. Era un jovencito bien parecido, de ésos que cuando crecen tienen líos con las sirvientas y le sacan a uno de quicio, pero no se les puede evitar querer. La frente siempre llena de mechones desordenados, los ojos veloces como gazapos, mirando a todas partes, la nariz llena de pecas y la boca siempre sonriendo, hablando, bostezando, nunca quieta salvo cuando dormía, cosa poco frecuente. A esta criatura le pusieron el nombre de Jules, pero todos los que le conocíamos algo, por poco que fuese, sabíamos que él sólo contestaba cuando se le llamaba Trip.
A él y a su tío, Gustav, servía yo en la Casa Vieja. Había servido a la familia Collins desde mi más tierna infancia, como mi padre antes que yo y mi abuelo antes que él, así que era lo que suele llamarse un "mayordomo de confianza". Recurrían a mí para todo tipo de consultas disparatadas, y yo daba la opinión que, a mi entender, beneficiaría a la familia a la que había dedicado todo mi tiempo. Por eso no me sorprendí cuando el señor, Gustav, me mandó llamar a su despacho aquella mañana de Abril.
-          Barty, por favor… Toma asiento, sí. Tengo una consulta que hacerte, mi buen amigo.
Disculpe, almirante. ¿Puede repetir su pregunta? Ah, claro… Naturalmente,  mi nombre es Bártulo Bottlenight, pero fui compañero de juegos de la infancia del señor, y a menudo me llamaba Barty, como cuando éramos niños. Lo hacía especialmente cuando estaba preocupado o cuando quería una respuesta afirmativa, así que ya saben, mi viejo olfato de sabueso me advirtió de que algo iba mal.
-          Señor, lo que usted diga. Escucho. – me senté en la butaca verde de terciopelo, frente a la suya. Rechacé el vaso de whisky que me ofrecía.
-          Quiero hacer un viaje, Barty. He encontrado algo, algo grande. Un mapa, Barty, de verdad esta vez. Escucha… El mapa lleva hasta una ciudad enorme, perdida y subterránea. Dios sabe que últimamente la economía familiar flaquea y… Barty, necesitamos el dinero. Piensa en lo que ese descubrimiento supondría.
-          Señor… No creo que…
-          ¡Por favor, Barty! ¡Soy el hazmerreír de la comunidad científica! ¡Este descubrimiento podría cambiarme la vida!
Y así era. El señor Collins era un hombre excelente, y sólo Dios sabe la mucha estima que yo le tenía. Pero tenía tendencia a despilfarrar su herencia en largos viajes en los que partía en busca de ciudades perdidas y tesoros escondidos, regresando siempre con las manos vacías y convertido en una jocosa anécdota con la que los verdaderos exploradores reían hasta que les dolían los costados.
-          Señor…  Usted hará lo que desee, por supuesto. Pero ha pedido mi opinión. ¿Qué vamos a hacer con el joven señorito? Sus padres lo dejaron bajo su custodia, señor. ¿Qué pensaría su hermana si viese que abandona a su sobrino a la temprana edad de quince años?
-          Ahí está la mejor parte, Bártulo. – el señor sonreía con los ojos convertidos en dos ascuas. Me removí en la butaca, inquieto. – Ambos vendréis conmigo, Mis misiones anteriores fracasaron en gran medida porque no tenía un equipo de confianza, pero con vosotros, con la familia… Nada puede salir mal.
En aquel momento y durante el resto del viaje, no me cupo duda de que el señor nos llevaba a nosotros en su alocada correría porque carecía del dinero necesario para contratar un equipo decente. Pero yo tenía apenas treinta años y jamás había abandonado la ciudad, así que las ansias de aventura me pudieron más que la sensatez.
-          Señor… Es una idea excelente. Comenzaremos los preparativos ahora mismo.
Me levanté y abandoné el despacho, sin olvidar hacer antes una rápida reverencia frente al señor a modo de despedida. Él se rió, claro, pero el protocolo lo exigía. Seguía riendo cuando llegué a la parte baja de las escaleras que conectaban la planta baja con el primer piso y, aunque no podía oírlo, habría apostado mi reloj de bolsillo a que seguía riéndose de mí cuando irrumpí en el cuarto del señorito.
-          ¡Trip! ¡Trip, pequeño remolino! ¿Dónde narices te has metido?
-          Perdona, Bart. Pensaba que eras mi tío. – una cabecita asomó debajo de la enorme cama doble con dosel, y una figura flacucha se deslizó reptando hasta mí para ponerse en pie de un salto. Parecía aún más pequeño en esa habitación tan enorme, y por un momento pensé en no decirle nada. - ¿Te pasa algo? Estás colorado…
-          Trip… Gustav quiere viajar. De nuevo.
-          Ah… Sí, vale. ¿Dónde me tengo que quedar esta vez? Espero que no sea de nuevo en casa de los Realler…
-          No, chico. Tú y yo vamos con él. – la alegría y la emoción me desbordaron, y abracé al chiquillo levantándolo del suelo. - ¡Nos vamos con él, Trip! ¡Somos su equipo!
-          ¿En serio? – Trip se deslizó por mi ya entonces prominente barriga y comenzó una danza muy graciosa y descoordinada por toda la sala. - ¡Voy a ver el mundo! ¡Bártulo, voy a ser explorador!
-          Sabía que te haría ilusión, pequeño… Lo sabía.
Abandoné el dormitorio de Trip, que en aquel momento saltaba como una liebre. Parecía que en cualquier momento iba a encaramarse en el enorme armario de roble tallado que tan poco le gustaba. Sonreí para mis adentros. Parece mentira la forma en la que, a veces, todas tus perspectivas de futuro cambian en un instante.
¿Señora Newmark? Ah, sí. Claro que fui fácil de convencer. Yo era joven todavía, y no pensaba que pudiésemos encontrar nada. Para mí era sólo una diversión, un viaje de recreo con vetas de aventura, algo inofensivo, ¿sabe? En este punto de la historia, me parecía que las cosas se sucedían solas. Una concatenación de hechos vertiginosa, pero me dejé arrastrar. La juventud me encandilaba, ¿sabe? Hm…  Tengo la garganta seca. ¿Me permiten? Voy a servir unas bebidas… ¿Té, quizás?

NOTA DEL AUTOR: La historia de Trip se escribirá semanalmente. No tengo pensado establecer una longitud media ni un día de subida, así que cualquier cosa es posible. Espero que esta historia signifique algo para vosotros, que quizás lleguéis a sentir algún tipo de aprecio por unos personajes que yo he llegado a querer y admirar. No hay nada más gratificante para un escritor, por principiante que sea, que sentir que las personas empatizan de alguna manera con lo que él lleva dentro y traslada a las palabras. Muchas gracias por la atención prestada. Hasta el próximo capítulo.

El futuro pasado (Provisional)

                Ocurría en una cálida noche de verano, vivía esperando que la nada me arrastrara desde las sombras. Tengo 22 años y desde mi infancia me he criado en un ambiente pobre; la última vez que tuve que usar la fecha para algo era como el 2030 o algo así, no lo recuerdo muy bien. La tierra ha sido engullida por si misma, solo hay caos y destrucción por doquier, los políticos consiguieron lo que querían: una única nación (Eden), una única bandera color crema, un único pensamiento (trabajar para intentar escalar puestos sociales, aunque es prácticamente imposible) y una sola moneda, el nakar. Menor diversidad implica mayor control.

                Pertenezco a una asociación que brinda la oportunidad de poder sobrevivir sin trabajar a cambio de pequeños transportes de cartas y demás, a modo de paloma mensajera. Con eso no es que se viviese especialmente bien, pero cuando nos hayamos alzado todo cambiará.

                Los más ricos están intentando recuperar toda la información perdida tras... no recuerdo ya qué pasó...era muy pequeño. ¿Y eso qué más da ahora? Parece que estamos en la Edad Media, comiendo a base de pan y poco más, una comida al día y da gracias de que has podido comer. Aunque he de decir que nosotros tenemos prioridad, ya que lo que hacemos es muy importante para la organización y un fallo puede mandar todo al garete; así que tenemos que estar en forma.

               Me dispongo a salir para entregar una carta mientras como mi comida diaria. No había comido pan más bueno en mi vida.

               Hay que decir que es normal que estos trabajillos toquen a su fin, así que si eres bueno hay dos opciones: o bien cuando recibes y entregas la carta, recibes un trozo de pan de ambas partes; o bien recibes nakar’s.

      Fin parte I
                                                                                                                                  Blackburn

Cierra los ojos

¿Para qué escribir poesía? Si ya hay poesía en todas partes... hay libros, estanterías, bibliotecas enteras. Y no solo allí hay poesía. También la encontramos en cada canción, en cada pintura... Aun más puedo contaros.

Si te quedas callado, y dejas que se pare el mundo, podrás darte cuenta de que hay poesía en las cartas que se escribieron nuestro puño y letra, en el movimiento de las hojas con el viento, en las gotas de lluvia cuando caen y en los rayos del sol; en la primera sonrisa del día, en el quinto abrazo sincero... Hay poesía en el olor a bizcocho de la abuela, a hierba recién cortada, a hoguera. Y hay un mundo de poesía en tus ojos, en los míos, en los ojos de quien llora, de quien ríe.

Por estos y muchos motivos, todos deberíamos cerrar los ojos, respirar hondo y escuchar esos poemas que a nuestro alrededor susurran mil cosas bonitas. Todos deberíamos vivir la poesía.

Midnight Lady.

Ça ne pourrait plus être d'une autre façon

Esto es algo que escribí hará unos nueve meses. Si no recuerdo mal, nueve meses y tres días. Es algo que nadie excepto tres o cuatro elegidos habían leído. En un principio pensaba soltarlo de forma anónima en alguna parte para sentir que me había expresado, luego lo acabé guardando en mi ordenador dentro de muchas carpetas. Y hoy, me siento con fuerzas para publicarlo. Soy feliz, lo he superado. Y aquí está lo que escribí.

Vivo muerto.
Muero vivo.
Todo pierde el sentido
en este gran remolino
que llaman amor.
Unos dicen que es
inevitable sentimiento el que me inunda,
esta tristeza inmunda,
ridícula soledad que me asuela.
Otros sin embargo piensan
en mi estupidez al pensar
llanamente, sin dudar,
inmoralmente para algunos más,
simplemente que nada iba a salir mal.
A veces me uno a criticar
a ese idiota que por no pensar
siente dolor en su pecho
tan dentro
que ya no sabe si es
corazón o daga lo que su pecho esconde
bajo el permafrost de su cota de malla.
Siento que no siento.
Siento que soy nada.
Y pierdo la razón.
"Ça ne pourrait plus être
d'une autre façon."
Sé que la he perdido,
sé que no la tendré,
pero lo que más me ha dolido
es el daño que le habré
hecho yo sin querer.
Estúpido, lo sé.
Imbécil, lo presiento.
¿Pero es que este corazón ardiendo
entiende de conocimientos
cuando se pone a arder?
Nada es buena idea
Todo es un error.
Incluido yo,
que en estos versos me escribo,
evitando ideas más fieras
que me tentan sin compasión
y alientan mi corazón.
Este verso no es escuela,
este verso no es modelo,
este verso es reflejo
de mi puro sentimiento.
Vivo sin seguir viviendo,
como decía el poeta.
Siento que muero y revivo.
                Y revivo               Y revivo               Y revivo
Y muero              Y muero              Y muero
Y cada día que pasa la sentencia es más clara
Estar sin ella es un martillo que dentro y dentro me clava.
No sé lo que ha sentido.
No sabe lo que ha perdido.
Probablemente no sea mucho,
yo, nunca lo he sabido.
Y sintiendo este frío,
que desde dentro me corroe,
cristales de hielo ardiente,
estrellas de  luz hiriente,
líricamente se despide
aquel que escribe
sin su nombre.

H

En un país llamado mesa

Quisiera ser pequeño, no pequeño de edad, pequeño de tamaño, enormemente pequeño, tan pequeño que mi mesa me pareciera un país. Quisiera vivir en el palacio de innumerables habitaciones que es la caja de pastillas para la tos que tengo, perderme en sus habitaciones redondas ya vacías y cerrar la puerta de papel albal que estas tienen imaginando que un monstruo acecha desde fuera. Salir de ahí y cruzar el bosque infinito formado por las puas de mi peine a la par que utilizo los pelos que se han caido como lianas. Recorrer la gran llanura de pentagramas intentando descifrar la música que leo a mis pies para llegar al inicio de la pasarela retorcida que cruza ese pais de lado a lado, cables de unos auriculares que casi a diario utilizo. Deseo ver desde arriba los acantilados sin fondo que forman los libros de la cabezera de mi cama, coger un carrete de hilo que hace tiempo se quedo ahí y descer los acantilados hasta ver que sí que tienen fondo. Refugiarme una noche entera en la gran gruta abovedada que forma el soporte del celo y estar al acecho por si aparece algún bicho gigante, dado mi tamaño. Emprender entonces el camino a traves de las simas que forman el resto de objetos, sin prisa, con calma, pues el tiempo es mío y no yo su esclavo, y llegar a la gran llanura cuyo suelo es mullido y suave. Quisiera dormirme tendido en el suelo de esa gran llanura y despertar al día siguiente de tamaño normal para ir a ver a mis amigos y contarles la historia de mi mesa, quizas añadiendo un par de muertos vivientes aquí, un dragón acá, una sirena allá.

Quién dijo que mi mesa fuera un desorden? Yo creo que es un paraíso

-M-