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martes, 19 de noviembre de 2013

Luna, Luna.


Luna, qué bonita estás ésta noche. Ésta y todas, menos cuando no estás. Que entonces no estoy yo. O quizás cuando tú no estás, es cuando sí estoy; que es con menos frecuencia.
Entonces, ¿estoy cuando no estás o estás cuando no estoy?  Qué dilema, ¿eh? Tú ahí arriba, tan sola y yo aquí, tal vez más sola aún. Pero mírate, hoy estás especialmente guapa. Y ni siquiera estás llena. Pero bueno, yo también estoy vacía y no soy tan hermosa.
A ti nadie te supera, Luna. Tu tez tan blanca y tú tan serena, tan pura. Tan elegante como siempre. Como cuando siendo yo pequeña, creía que me seguías en el coche. Qué ingenua, ¿verdad? A mí, como si no tuvieras cosa mejor que hacer que seguir un coche. Qué cosas, ¿eh? Antes creía que me perseguías y ahora soy yo la que te busca a ti.
Luna, algún día bajarás, ¿no? Muchos enamorados te prometieron a su amada. Pero tú te mantuviste firme, ahí arriba. Nunca bajes por nadie que te prometa en vano. Nunca. Mereces ser de alguien que te merezca y no de quien te ansíe, o más bien, de quien ansíe el amor de otro.
Luna, eres consciente de que muchas personas querrían tener tu juventud eterna. Pero nunca desveles el secreto de tu belleza. O muchas te retarían. Creerían que te pueden superar. A ti. La más bella de todas. Luna.


                                     


Idol of Roses.

viernes, 15 de noviembre de 2013

La incertidumbre del pianista.




Qué bonito suena lo de tocar el piano en tu espalda.

El terremoto debe estar cerca,
porque me estás besando.


Idol of Roses

jueves, 14 de noviembre de 2013

Bailar con los ojos cerrados es una bonita forma de besar.


Después de tanto tiempo juntos y se acabó, ya está, sin más. Simplemente no eran capaces ni de siquiera mirarse sin que el recelo, la desconfianza, se filtrasen en sus ojos.
Sentada en la silla de su escritorio, contemplaba impasible la escena, escuchaba sin escuchar los argumentos y las réplicas que salían de la boca de aquel que había compartido con ella todo; aquel que con su sonrisa había hecho cada día a su lado más especial que el anterior, aquel cuyo consuelo y hombro siempre habían estado, aquel que tantas noches, entre caricias y susurros debajo de las sábanas, le había demostrado su amor.
Su cabello caía por sus hombros hasta reposar en sus pechos como largas llamas brillantes. Sus ojos azules, aún más azules por las lágrimas, luchaban para contenerse.
A veces ocurre que dos personas están hechas para enamorarse, pero no para estar juntas. Sin duda, eso es lo que estaban admitiendo en esos momentos.
Los celos, la desconfianza, las discusiones incesantes, habían matado a su pequeño Cupido.

Uno replicaba dar demasiado y no recibir nada; el otro, decía que no era así.
Uno replicaba los celos; el otro los defendía argumentándolos.
Uno decía “te quiero”; el otro, que no podía.
Uno decía que no podía; el otro, decía “te quiero”.

Ninguno dijo nada sobre el fin de la relación, sobraban las palabras. Sabían que ya no podían seguir luchando por algo que había muerto hacía tiempo.
Esa noche era su última noche en París, y de mutuo acuerdo mudo, decidieron hacerla la mejor noche que hubiesen pasado juntos. Y la última. Cuando volviesen a su ciudad, cada uno llevaría su vida por separado.

Se ataviaron con las mejores sonrisas que pudieron conseguir dibujar en sus labios.
Rímel en los ojos, labios rojos. Camisa y corbata.
Pasearon cogidos de la mano por todo París, y se detuvieron en la Plaza de la República, donde vieron cómo las gentes bailaban al son de una guitarra y la delicada voz de una soprano. Y ellos también bailaron.

Y cogidos de manos y caderas, descubrieron que bailar con los ojos cerrados es una bonita forma de besar.



Idol of Roses

miércoles, 13 de noviembre de 2013

El «te echo de menos» después del terremoto.



Miradas caídas, restos de café en la mesa, tensión, silencio, cigarros consumiéndose.
Cogió el cigarro de sus labios entre sus dedos índice y corazón, lo apoyó en el cenicero, pero no levantó la mirada. Expulsó todo el humo de sus pulmones, y fue entonces, entre aquella pequeña niebla procedente de ella, cuando reunió el valor para mirarle a los ojos. Él seguía cabizbajo y ninguna palabra había salido de su boca. Eso la exasperaba. Ni siquiera trataba de justificarse.
Se sentía total y profundamente decepcionada, podría esperarse de cualquier persona que le fallase, pero no de él. Observó su gesto cansado, arrepentido, sus manos yendo hacia su pelo de carbón, revolviéndolo. Reconoció ese gesto, tan sólo lo hacía cuando estaba nervioso.
Volvió a posar el cigarro en sus labios. Una calada, y otra, y otra. Más niebla pulmonar flotando. Estaban tan cerca, pero tan lejos… El polígrafo a cien y ni siquiera habían abierto la boca.

Mientras ella fumaba, en los pequeños huecos del humo, él la miró. Su pelo castaño aprisionado en esa alta cola de caballo, sus ojos marrones casi cerrados, cansados, lágrimas que fluían, suspiros tratando de ser ahogados. Pudo leer la decepción en sus ojos.
Trataba de articular palabra, una sola, pero no podía. No había nada que pudiese decir para intentar salvarse, lo sabía. Eso le dolía, sentía cómo llovían mares en su interior. Él también sentía decepción hacia sí mismo. E impotencia, impotencia por haber hecho daño a quien más quería y no saber cómo remediarlo, o al menos, intentarlo. El polígrafo a cien y ni siquiera habían abierto la boca.

Ella levantó sus ojos, rojos por las lágrimas. Sus miradas se encontraron. Y con una voz ronca, agotada, en un hilo de voz, logró decir:
Me quieres, pero no sabes. Te quiero, pero no quiero.



Idol of Roses.