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viernes, 15 de noviembre de 2013

Sonidos del alma

Un piano en el centro de una habitación vacía. Por una pequeña ventana se cuela un poco de luz iluminando las teclas. Teclas frías y muertas que, tocadas por dedos ágiles, pueden convertir la  lúgubre habitación en un lugar lleno de calor.

Esas teclas que han sido tocadas con ira, tristeza, júbilo y alegría. Las únicas ante las que me he podido mostrar completa, sin máscaras ni maquillaje, sólo mi alma desnuda. Ellas me han escuchado sin pedir nada a cambio. Me han dejado desahogarme de la frustración que llevaba dentro. Se han llegado a convertir en mi consuelo y mi pequeño jardín del Edén.

Los problemas se los llevan los sonidos que se crean. Una simple partitura, un papel que se lo lleva el viento, hace que mis dedos vuelen por el piano concentrándome sólo en ella y alejando mis miedos y pesadillas. 

Esas canciones tocadas con delicadeza unas veces, con rabia e ira otras tantas. Siempre las mismas, pero nunca iguales. Unas veces suenan mejor que otras, pero siempre suenan.  Consiguen transmitir lo que siento mejor que el papel o las palabras. Siempre logran liberarme. Siempre logran hacerme sentir mejor conmigo misma. 

Cuando me siento en la banqueta el resto del mundo desaparece. Sólo existe la partitura y los sonidos que salen de esa caja de madera llena de tensadas cuerdas. Sonidos envolventes y, más de las veces que me gusta reconocer, también melancólicos. Sonidos que, hasta que acaba la canción, me mantienen conectada al mundo de una forma más profunda, íntima, única. Sonidos que me dan fuerzas para levantarme después de caer y volver a mirar hacia delante.  

Esos acordes del alma... 

Sirah

Déjame soñar

Toda una tarde adornada con palabras de despedida e intentos de consuelo provenientes de extraños. Una noche con sueño inquieto. Y, por fin, llega la mañana. Una mañana  acompañada de consejos de todo tipo, algunos sinceros, otros puede que no tanto.

Pero... ¿Acaso ese consejo va a hacer que me sienta mejor? No puedes hablar de mundos mejores o de superar la pérdida cuando no sabes cómo me siento. Aunque te hayas enfrentado a  la misma situación no reaccionaste igual, ni lo sentiste igual que yo. Ahorra palabras que por ahora no llegarán a mis oídos. No te esfuerces en gastar una saliva que no va a servir de nada.

Un gesto dice mucho más que las palabras. Si de verdad te preocupas por mí, por mi apatía, por encontrarme encerrada en mi pequeño mundo de fantasía, no me hagas preguntas de las que sabes la respuesta. Sabes perfectamente lo que me pasa.

Puedes perder a mucha gente a lo largo de tu vida. Unas pérdidas las llevas mejor que otras. Todas duelen, pero el dolor es distinto. Tu lo sabes, yo lo sé.

Así que déjame abandonar este mundo que para mi se ve oscuro durante unas pocas horas. No te preocupes de que vaya a hacer cualquier tipo de locura. Déjame soñar. Ir a ese lugar que yo misma creo donde nada malo ocurre, donde nadie ha desaparecido, donde sé que voy a poder encontrarme con él sabiendo que voy a poder hablar durante días y días sin descanso mientras en la realidad pasan escasos minutos.
           
No me encerraré para siempre en ese mundo idílico. Los que se van no pueden volver, ya lo sé. Llegará un día en que me volveré a levantar y podrás ver de nuevo en mi cara una sonrisa. Podrás oírme reír.

Pero, hasta entonces, déjame llevar mi ritmo y afrontar este dolor a mi manera. Déjame perderme en ese mundo lleno de rosas y unicornios que crea mi fantasía; en el que no hay dolor, muerte o desesperación. En el que existen finales felices que no acaban nunca y la persona querida no te abandonará nunca.


Sirah