Un piano en el centro de una habitación vacía. Por una pequeña ventana se cuela un poco de luz iluminando las teclas. Teclas frías y muertas que, tocadas por dedos ágiles, pueden convertir la lúgubre habitación en un lugar lleno de calor.
Esas teclas que han sido tocadas con ira, tristeza, júbilo y alegría. Las únicas ante las que me he podido mostrar completa, sin máscaras ni maquillaje, sólo mi alma desnuda. Ellas me han escuchado sin pedir nada a cambio. Me han dejado desahogarme de la frustración que llevaba dentro. Se han llegado a convertir en mi consuelo y mi pequeño jardín del Edén.
Los problemas se los llevan los sonidos que se crean. Una simple partitura, un papel que se lo lleva el viento, hace que mis dedos vuelen por el piano concentrándome sólo en ella y alejando mis miedos y pesadillas.
Esas canciones tocadas con delicadeza unas veces, con rabia e ira otras tantas. Siempre las mismas, pero nunca iguales. Unas veces suenan mejor que otras, pero siempre suenan. Consiguen transmitir lo que siento mejor que el papel o las palabras. Siempre logran liberarme. Siempre logran hacerme sentir mejor conmigo misma.
Cuando me siento en la banqueta el resto del mundo desaparece. Sólo existe la partitura y los sonidos que salen de esa caja de madera llena de tensadas cuerdas. Sonidos envolventes y, más de las veces que me gusta reconocer, también melancólicos. Sonidos que, hasta que acaba la canción, me mantienen conectada al mundo de una forma más profunda, íntima, única. Sonidos que me dan fuerzas para levantarme después de caer y volver a mirar hacia delante.
Esos acordes del alma...
Sirah