Miradas caídas, restos de café en
la mesa, tensión, silencio, cigarros consumiéndose.
Cogió el cigarro de sus labios
entre sus dedos índice y corazón, lo apoyó en el cenicero, pero no levantó la
mirada. Expulsó todo el humo de sus pulmones, y fue entonces, entre aquella
pequeña niebla procedente de ella, cuando reunió el valor para mirarle a los
ojos. Él seguía cabizbajo y ninguna palabra había salido de su boca. Eso la
exasperaba. Ni siquiera trataba de justificarse.
Se sentía total y profundamente
decepcionada, podría esperarse de cualquier persona que le fallase, pero no de
él. Observó su gesto cansado, arrepentido, sus manos yendo hacia su pelo de
carbón, revolviéndolo. Reconoció ese gesto, tan sólo lo hacía cuando estaba
nervioso.
Volvió a posar el cigarro en sus
labios. Una calada, y otra, y otra. Más niebla pulmonar flotando. Estaban tan
cerca, pero tan lejos… El polígrafo a
cien y ni siquiera habían abierto la boca.
Mientras ella fumaba, en los
pequeños huecos del humo, él la miró. Su pelo castaño aprisionado en esa alta
cola de caballo, sus ojos marrones casi cerrados, cansados, lágrimas que
fluían, suspiros tratando de ser ahogados. Pudo leer la decepción en sus ojos.
Trataba de articular palabra, una
sola, pero no podía. No había nada que pudiese decir para intentar salvarse, lo
sabía. Eso le dolía, sentía cómo llovían mares en su interior. Él también
sentía decepción hacia sí mismo. E impotencia, impotencia por haber hecho daño
a quien más quería y no saber cómo remediarlo, o al menos, intentarlo. El polígrafo a cien y ni siquiera habían
abierto la boca.
Ella levantó sus ojos, rojos por
las lágrimas. Sus miradas se encontraron. Y con una voz ronca, agotada, en un
hilo de voz, logró decir:
Me quieres, pero no sabes. Te quiero, pero no quiero.
Idol of Roses.
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