miércoles, 13 de noviembre de 2013

El «te echo de menos» después del terremoto.



Miradas caídas, restos de café en la mesa, tensión, silencio, cigarros consumiéndose.
Cogió el cigarro de sus labios entre sus dedos índice y corazón, lo apoyó en el cenicero, pero no levantó la mirada. Expulsó todo el humo de sus pulmones, y fue entonces, entre aquella pequeña niebla procedente de ella, cuando reunió el valor para mirarle a los ojos. Él seguía cabizbajo y ninguna palabra había salido de su boca. Eso la exasperaba. Ni siquiera trataba de justificarse.
Se sentía total y profundamente decepcionada, podría esperarse de cualquier persona que le fallase, pero no de él. Observó su gesto cansado, arrepentido, sus manos yendo hacia su pelo de carbón, revolviéndolo. Reconoció ese gesto, tan sólo lo hacía cuando estaba nervioso.
Volvió a posar el cigarro en sus labios. Una calada, y otra, y otra. Más niebla pulmonar flotando. Estaban tan cerca, pero tan lejos… El polígrafo a cien y ni siquiera habían abierto la boca.

Mientras ella fumaba, en los pequeños huecos del humo, él la miró. Su pelo castaño aprisionado en esa alta cola de caballo, sus ojos marrones casi cerrados, cansados, lágrimas que fluían, suspiros tratando de ser ahogados. Pudo leer la decepción en sus ojos.
Trataba de articular palabra, una sola, pero no podía. No había nada que pudiese decir para intentar salvarse, lo sabía. Eso le dolía, sentía cómo llovían mares en su interior. Él también sentía decepción hacia sí mismo. E impotencia, impotencia por haber hecho daño a quien más quería y no saber cómo remediarlo, o al menos, intentarlo. El polígrafo a cien y ni siquiera habían abierto la boca.

Ella levantó sus ojos, rojos por las lágrimas. Sus miradas se encontraron. Y con una voz ronca, agotada, en un hilo de voz, logró decir:
Me quieres, pero no sabes. Te quiero, pero no quiero.



Idol of Roses.

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