Un hombre rechoncho, de una edad que rondaba los cincuenta y aspecto bonachón, cojeó hasta la puerta de la pequeña y acogedora sala de visitas. La entreabrió primero, echando un rápido vistazo al exterior, para después abrirla de par en par, dejando entrar un remolino de aire y nieve. Como si formase parte del diminuto tornado, una mujer alta y espigada de unos sesenta años entró deslizándose sobre las tablas del suelo con un grueso abrigo de color mercurio.
Ah, señora Cottonby. Por favor, pase, siéntese frente al fuego. Todavía no hemos comenzado, claro, le esperábamos a usted. ¿Me permite el abrigo? Sí, por favor, ahora mismo preparo bebidas calientes. ¿No? ¿Segura? Bueno… Acompáñeme por aquí. Sí, aquí están los demás. El almirante Eagleson y su mujer. Lady Newmark y sus hijas. Y mire, fumando en la ventana tiene usted al señorito Minedust. Una reunión encantadora, sí, sin duda. Entonces… ¿Nada de beber? Bien, bien… Supongo que podemos comenzar. Tomaré asiento en la butaca roja, si me permiten. Veamos… Hace tanto tiempo… Sí, ya sé cómo comenzar.
Ésta es la historia de un muchacho con cabellos color de bronce y ojos color de plata. Era un jovencito bien parecido, de ésos que cuando crecen tienen líos con las sirvientas y le sacan a uno de quicio, pero no se les puede evitar querer. La frente siempre llena de mechones desordenados, los ojos veloces como gazapos, mirando a todas partes, la nariz llena de pecas y la boca siempre sonriendo, hablando, bostezando, nunca quieta salvo cuando dormía, cosa poco frecuente. A esta criatura le pusieron el nombre de Jules, pero todos los que le conocíamos algo, por poco que fuese, sabíamos que él sólo contestaba cuando se le llamaba Trip.
A él y a su tío, Gustav, servía yo en la Casa Vieja. Había servido a la familia Collins desde mi más tierna infancia, como mi padre antes que yo y mi abuelo antes que él, así que era lo que suele llamarse un "mayordomo de confianza". Recurrían a mí para todo tipo de consultas disparatadas, y yo daba la opinión que, a mi entender, beneficiaría a la familia a la que había dedicado todo mi tiempo. Por eso no me sorprendí cuando el señor, Gustav, me mandó llamar a su despacho aquella mañana de Abril.
- Barty, por favor… Toma asiento, sí. Tengo una consulta que hacerte, mi buen amigo.
Disculpe, almirante. ¿Puede repetir su pregunta? Ah, claro… Naturalmente, mi nombre es Bártulo Bottlenight, pero fui compañero de juegos de la infancia del señor, y a menudo me llamaba Barty, como cuando éramos niños. Lo hacía especialmente cuando estaba preocupado o cuando quería una respuesta afirmativa, así que ya saben, mi viejo olfato de sabueso me advirtió de que algo iba mal.
- Señor, lo que usted diga. Escucho. – me senté en la butaca verde de terciopelo, frente a la suya. Rechacé el vaso de whisky que me ofrecía.
- Quiero hacer un viaje, Barty. He encontrado algo, algo grande. Un mapa, Barty, de verdad esta vez. Escucha… El mapa lleva hasta una ciudad enorme, perdida y subterránea. Dios sabe que últimamente la economía familiar flaquea y… Barty, necesitamos el dinero. Piensa en lo que ese descubrimiento supondría.
- Señor… No creo que…
- ¡Por favor, Barty! ¡Soy el hazmerreír de la comunidad científica! ¡Este descubrimiento podría cambiarme la vida!
Y así era. El señor Collins era un hombre excelente, y sólo Dios sabe la mucha estima que yo le tenía. Pero tenía tendencia a despilfarrar su herencia en largos viajes en los que partía en busca de ciudades perdidas y tesoros escondidos, regresando siempre con las manos vacías y convertido en una jocosa anécdota con la que los verdaderos exploradores reían hasta que les dolían los costados.
- Señor… Usted hará lo que desee, por supuesto. Pero ha pedido mi opinión. ¿Qué vamos a hacer con el joven señorito? Sus padres lo dejaron bajo su custodia, señor. ¿Qué pensaría su hermana si viese que abandona a su sobrino a la temprana edad de quince años?
- Ahí está la mejor parte, Bártulo. – el señor sonreía con los ojos convertidos en dos ascuas. Me removí en la butaca, inquieto. – Ambos vendréis conmigo, Mis misiones anteriores fracasaron en gran medida porque no tenía un equipo de confianza, pero con vosotros, con la familia… Nada puede salir mal.
En aquel momento y durante el resto del viaje, no me cupo duda de que el señor nos llevaba a nosotros en su alocada correría porque carecía del dinero necesario para contratar un equipo decente. Pero yo tenía apenas treinta años y jamás había abandonado la ciudad, así que las ansias de aventura me pudieron más que la sensatez.
- Señor… Es una idea excelente. Comenzaremos los preparativos ahora mismo.
Me levanté y abandoné el despacho, sin olvidar hacer antes una rápida reverencia frente al señor a modo de despedida. Él se rió, claro, pero el protocolo lo exigía. Seguía riendo cuando llegué a la parte baja de las escaleras que conectaban la planta baja con el primer piso y, aunque no podía oírlo, habría apostado mi reloj de bolsillo a que seguía riéndose de mí cuando irrumpí en el cuarto del señorito.
- ¡Trip! ¡Trip, pequeño remolino! ¿Dónde narices te has metido?
- Perdona, Bart. Pensaba que eras mi tío. – una cabecita asomó debajo de la enorme cama doble con dosel, y una figura flacucha se deslizó reptando hasta mí para ponerse en pie de un salto. Parecía aún más pequeño en esa habitación tan enorme, y por un momento pensé en no decirle nada. - ¿Te pasa algo? Estás colorado…
- Trip… Gustav quiere viajar. De nuevo.
- Ah… Sí, vale. ¿Dónde me tengo que quedar esta vez? Espero que no sea de nuevo en casa de los Realler…
- No, chico. Tú y yo vamos con él. – la alegría y la emoción me desbordaron, y abracé al chiquillo levantándolo del suelo. - ¡Nos vamos con él, Trip! ¡Somos su equipo!
- ¿En serio? – Trip se deslizó por mi ya entonces prominente barriga y comenzó una danza muy graciosa y descoordinada por toda la sala. - ¡Voy a ver el mundo! ¡Bártulo, voy a ser explorador!
- Sabía que te haría ilusión, pequeño… Lo sabía.
Abandoné el dormitorio de Trip, que en aquel momento saltaba como una liebre. Parecía que en cualquier momento iba a encaramarse en el enorme armario de roble tallado que tan poco le gustaba. Sonreí para mis adentros. Parece mentira la forma en la que, a veces, todas tus perspectivas de futuro cambian en un instante.
¿Señora Newmark? Ah, sí. Claro que fui fácil de convencer. Yo era joven todavía, y no pensaba que pudiésemos encontrar nada. Para mí era sólo una diversión, un viaje de recreo con vetas de aventura, algo inofensivo, ¿sabe? En este punto de la historia, me parecía que las cosas se sucedían solas. Una concatenación de hechos vertiginosa, pero me dejé arrastrar. La juventud me encandilaba, ¿sabe? Hm… Tengo la garganta seca. ¿Me permiten? Voy a servir unas bebidas… ¿Té, quizás?
NOTA DEL AUTOR: La historia de Trip se escribirá semanalmente. No tengo pensado establecer una longitud media ni un día de subida, así que cualquier cosa es posible. Espero que esta historia signifique algo para vosotros, que quizás lleguéis a sentir algún tipo de aprecio por unos personajes que yo he llegado a querer y admirar. No hay nada más gratificante para un escritor, por principiante que sea, que sentir que las personas empatizan de alguna manera con lo que él lleva dentro y traslada a las palabras. Muchas gracias por la atención prestada. Hasta el próximo capítulo.
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