miércoles, 4 de diciembre de 2013

El árbol de la colina: Preludio

16 de octubre de 1783. Un grito desgarra la noche.

Diario del Dr. Palmer
Todavía no alcanzo a comprender los hechos que han acaecido en la casa de la Familia Sadness. Debo dejar constancia de esto para que las generaciones que me sucedan sepan por qué Hapinnessville dejó de ser un lugar próspero y feliz. Porque la gente lo preguntará... no sé por qué, pero lo preguntará... porque ese niño... Dios nos guarde...
Cuando llegué a casa de Tom, su mujer ya estaba tendida en la cama con sudores y con las piernas abiertas. "Ya ha roto aguas" me dijo frenéticamente Tom, como sin saber qué hacer. Me acerqué, le pregunté qué tal se encontraba aquella noche; Olivia me dijo que no había sufrido tanto en su vida... no sabía lo que le esperaba. Inicié el procedimiento habitual: "Respira profundamente... haz fuerza... expira..." y todo eso. Fue un parto largo, el niño por lo visto se negaba a salir, pero no supuso demasiadas dificultades... éstas surgieron luego.
Lo primero que salió fue la cabeza. Dios mío. Nunca podré olvidarme de aquello. Recuerdo que le pregunté a Olivia si quería seguir con el parto y ella me gritó que quería ver a su bebé. Cuando finalmente salió de sus entrañas, Tom cayó al suelo, desmayado, nunca había sido un hombre robusto. Olivia me miró confundida mientras recibía al fruto de su vientre.... y gritó. Juro que aquel grito sigue atormentando mis noches.
El bebé, si es que se le puede llamar así, era un engendro. No hay en la naturaleza ser más desagradable: tenía la cabeza como abollada, llena de bultos y huecos, como si un martillo le hubiera golpeado dentro del vientre; los ojos eran amarillos, como de serpiente y su nariz era chata; su boca, exageradamente grande en proporción con su cuerpo, dejaba entrever unas encías negras como el petróleo y una lengua que podría haberse confundido con la de un muerto del siglo pasado.
Sus piernas, demasiado altas para un niño recién nacido iban acorde con sus brazos, de un pie de largos y de los cuales no deseas ni un saludo. Era un monstruo, quizás el castigo de Dios para Olivia, a quien muchos veían como la mujer más guapa del condado... 
Sea como fuere... ese niño estaba condenado desde su nacimiento.


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Eduardo jamás leería aquel diario pero, si lo hiciera, habría leído la última línea y no le habría impresionado. Sus padres, ganaderos, tenían las mejores reses de la comarca y se las apañaban para vender la mejor carne. No les iba mal... no eran ricos, pero podían permitirse pequeños lujos cada semana; lujo que nunca iban destinados a hacer feliz a Eduardo. En Happinessville, ser hijo único solía suponer ser el ojito derecho de papá y de mamá; pero no en Casa Sadness: Eduardo se había criado con la niñera, una mujer mayor que no tenía hijos y que fue pagada única y exclusivamente para soportar durante veinte horas al día al engendro. Según aparecía en el ayuntamiento, Eduardo era hijo de Olivia y Tom Sadness... en realidad, Eduardo era un huérfano que sólo tenía cuidadora porque sus padres podían permitírselo.

A la edad de 7 años ingresó en la Escuela Comarcal de Hapinessville y, oh, Eduardo recuerda los escasos tres años que estuvo ahí con verdadero asco y tristeza. A pesar de ser sólo un crío, todos en su clase tenían miedo de él y le repudiaban; a la salida, los más mayores le gritaban y le escupían. Y cuando llegaba a casa, su madre y su padre trataban de evitarle con educados "tenemos mucho trabajo, Ed." o "luego hablamos, ehem, cariño... ehem". Y la cuidadora Anna no era precisamente un amor de mujer. En definitiva, Eduardo vivía entre lágrimas, entre porqués y entre abandonos. Hasta que no pudo más.

Eduardo era pequeño pero no tonto. A la edad de 10 años sabía leer y contar sin problemas y había aprendido a vivir solo: sus padres ya no eran una necesidad de un niño; ahora eran los inquilinos de una casa que nunca había sido hogar. Su niñera ya no era la mujer que le alimentaba; ahora era la vieja avara que de vez en cuando le preguntaba la lección de matemáticas. Para Eduardo ya no había compañeros de clase... había enemigos. Así que, aquel 24 de junio, después de recibir los correspondientes esputos y los hirientes insultos, corrió a casa, arrojó la mochila y subió a su cuarto... como siempre, la sopa estaba en la mesa... sola, abandonada... como Eduardo. Ni la miró, cogió la mochila que había preparado el día anterior y volvió a salir; nadie se dio cuenta. Y nadie hizo preguntas cuando, aquella noche, Eduardo no apareció por casa.

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El árbol. Siempre le había gustado. Ahí, honorable y orgulloso se erigía sobre la colina de enfrente de su casa. Debía ser un lugar agradable pero Eduardo no había tenido ocasión de descubrirlo porque nadie le había invitado a ir, pero el caso es que siempre había gente ahí. Los niños de su clase iban a jugar allí a la salida de clase pero, claro, no le invitaban. "Hoy iré... y será mi nuevo hogar..."

Y caminó... recuerda que era martes... se avecinaba tormenta... no había demasiada gente por la calle. De todos modos, solían esconderse cuando le veían aparecer... Eduardo llegó a la colina. Volvió a sufrir los empujones e insultos de sus compañeros de clase y llegó a lo alto del árbol; nadie le hizo caso, como era de costumbre.

El primer recuerdo de su vida en lo alto del árbol fue aquella astilla que se clavó en la mano... qué daño le hizo... pero también sabía que nadie se compadecería. La gente ya le había dicho que ojala se muriese, así que no solía esperar ayuda ante sus problemas. Ya se ocuparía más tarde de la comida y demás...

Lo único que de verdad preocupaba a Eduardo era escapar de Happinessville. Y el árbol que suponía la alegría para el pueblo, supuso la salvación para él.



Eduardo Sadness

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