domingo, 17 de noviembre de 2013

Bailar sentados no es bailar

Reconozco que al principio les envidiaba. Veía a todas esas personas caminando, utilizando sus largas y elásticas piernas para transportarse, haciendo ostentación de su capacidad y de mi carencia, y eso me enfurecía. Acariciaba mis muñones con la misma expresión con la que el Grinch observaba los árboles de Navidad y pensaba montones de cosas. Todas empezaban por "Si no hubiese perdido las piernas, yo...". Y empezaba a hacer castillos en el aire. Pero un día me levanté (metafóricamente hablando) y me entró la risa. Vaya cosa. Yo no había perdido nada. Me quitaron las piernas, sí, pero sabía perfectamente dónde estaban.
Y, la verdad, es un cambio muy estúpido. Un chiste malo, un juego de palabras tan nefasto que bien me merecería que me quitasen también los brazos por semejante ofensa a la lengua. Pero empecé a sonreir y todo era menos malo.
Igual esa es la clave de la felicidad. Igual lo que necesitamos para ser felices es ser felices. Igual un tío sin piernas y con un sentido del humor realmente estúpido aún tiene algo que decir.

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