viernes, 15 de noviembre de 2013

Desaparece



¿Lo oyes? Son gotas de lluvia de un martirio que me golpea cada mañana.
¿Lo oyes? Son truenos que retumban en el eco de cada uno de nosotros, de nuestro interior.
Truenos de una tormenta de sufrimiento y dolor que se forma en cada uno por sus motivos.

Te odio. Y esta tormenta de luces y efectos especiales me nubla la vista y la voz. Y no consigo decírtelo.
Te odio. Cada minuto que me distes una puñalada por la espalda, cada momento que me tapaste una herida con sal de la venganza.

Una venganza irreal.
Una venganza sin sentido, pues jamás te hice nada. Y tú me has hecho daño. Me has destrozado.

¿Lo oyes? Son canticos de la medianoche, son los lobos que aúllan en la sierra, es el viento en silencio que te busca.

Y me buscan a mí también.
Porque no eres tú, soy yo. No eres tú la única que ha golpeado y dañado, también soy yo el que odia con su alma y el que tortura con el arma de la palabra. No soy el único que sufre. Tú también sufres por cada gota de tinta que te escribo. Que es rencor el desatado, que es odio el que fluye. Que es un pozo de odio el que nos separa, delimitado por lineas de tinta.

Tinta roja del dolor que pasé.

No es el mismo dolor, no. No se puede comparar, físico y psicológico. Yo no sé golpear, ni quiero aprender a hacerlo. Lo único que sé es escribir con toda mi rabia. Y en el fondo…

En el fondo…

¿De quién es la culpa? ¿Es mia, es tuya? 

¿Es tuya por dañarme o es mia por escribir con odio?
¿Es mia por pudrirte el alma, o es tuya por pudrir la mia?

Quizás no haya ninguna culpa. Quizás el odio entre nosotros ha estado siempre ahí. O quizás no haya ningún odio.

Simplemente tu y yo.



Lo siento. 

Porque de verdad creí en ti, lo siento. Porque de verdad pensé que eras una buena persona, lo siento. Siento el haber siquiera imaginado que nos llevaríamos bien. Porque no me dejas intentarlo.

Y ahora ya soy yo el que no quiere, el que se ha hartado de tanta tontería. Mejor no te escribiré en sangre. No quiero mancharme las manos inocentes de estupideces, de tonterías.

Adiós.

Toma estas palabras como una despedida, pues no habrá más letras para tí. No quiero verte, no quiero oírte, no quiero sentirte cerca mio. Desaparece de mi mente, de mi espalda, de mis letras y de mis fotos; de todos lados. Vete, vete lejos. O seré yo el que se vaya allá donde jamás puedas alcanzarme. Allá donde las estepas nevadas se pierden en el horizonte. Allá donde los granos de arena te cubran todo el cuerpo. Allá donde puedas sentirte el ser más alto del planeta; allá donde el agua te rodee completamente, allá donde se te lleve la marea, me da igual. Desaparece.

Vete…



…



¿Porqué me siento tan solo…?

Niègoch

Sonidos del alma

Un piano en el centro de una habitación vacía. Por una pequeña ventana se cuela un poco de luz iluminando las teclas. Teclas frías y muertas que, tocadas por dedos ágiles, pueden convertir la  lúgubre habitación en un lugar lleno de calor.

Esas teclas que han sido tocadas con ira, tristeza, júbilo y alegría. Las únicas ante las que me he podido mostrar completa, sin máscaras ni maquillaje, sólo mi alma desnuda. Ellas me han escuchado sin pedir nada a cambio. Me han dejado desahogarme de la frustración que llevaba dentro. Se han llegado a convertir en mi consuelo y mi pequeño jardín del Edén.

Los problemas se los llevan los sonidos que se crean. Una simple partitura, un papel que se lo lleva el viento, hace que mis dedos vuelen por el piano concentrándome sólo en ella y alejando mis miedos y pesadillas. 

Esas canciones tocadas con delicadeza unas veces, con rabia e ira otras tantas. Siempre las mismas, pero nunca iguales. Unas veces suenan mejor que otras, pero siempre suenan.  Consiguen transmitir lo que siento mejor que el papel o las palabras. Siempre logran liberarme. Siempre logran hacerme sentir mejor conmigo misma. 

Cuando me siento en la banqueta el resto del mundo desaparece. Sólo existe la partitura y los sonidos que salen de esa caja de madera llena de tensadas cuerdas. Sonidos envolventes y, más de las veces que me gusta reconocer, también melancólicos. Sonidos que, hasta que acaba la canción, me mantienen conectada al mundo de una forma más profunda, íntima, única. Sonidos que me dan fuerzas para levantarme después de caer y volver a mirar hacia delante.  

Esos acordes del alma... 

Sirah

Una mañana especial

El sonido del despertador a lo lejos, nada especial. Bueno, no tan lejos, en la mesilla. un sonido chirriante indicador de la nueva mañana. Lo primero el desayuno, un desayuno tranquilo sentado en la mesa de la cocina, sin preocupaciones ni dilemas, sin interrupciones, solo paz, pero nada especial. Los cereales en el tazón con la leche, algo caliente pero no demasiado. Una sensación de pereza como la de cada día y al final prisas eternas, sin fin, un día, y otro, y otro, nada nuevo, nada especial. Frío en la calle a causa del invierno cercano, un día de noviembre normal y corriente, nada especial. El tranvía abarrotado de gente de sudorosos sobacos del ajetreo matinal, nada especial. una parada del tranvía con empujones y quejas, siempre prisas, nada especial. Mi asiento en clase...



Hay una rosa blanca en mi asiento. Esto sí es especial.


-M-

La incertidumbre del pianista.




Qué bonito suena lo de tocar el piano en tu espalda.

El terremoto debe estar cerca,
porque me estás besando.


Idol of Roses

Déjame soñar

Toda una tarde adornada con palabras de despedida e intentos de consuelo provenientes de extraños. Una noche con sueño inquieto. Y, por fin, llega la mañana. Una mañana  acompañada de consejos de todo tipo, algunos sinceros, otros puede que no tanto.

Pero... ¿Acaso ese consejo va a hacer que me sienta mejor? No puedes hablar de mundos mejores o de superar la pérdida cuando no sabes cómo me siento. Aunque te hayas enfrentado a  la misma situación no reaccionaste igual, ni lo sentiste igual que yo. Ahorra palabras que por ahora no llegarán a mis oídos. No te esfuerces en gastar una saliva que no va a servir de nada.

Un gesto dice mucho más que las palabras. Si de verdad te preocupas por mí, por mi apatía, por encontrarme encerrada en mi pequeño mundo de fantasía, no me hagas preguntas de las que sabes la respuesta. Sabes perfectamente lo que me pasa.

Puedes perder a mucha gente a lo largo de tu vida. Unas pérdidas las llevas mejor que otras. Todas duelen, pero el dolor es distinto. Tu lo sabes, yo lo sé.

Así que déjame abandonar este mundo que para mi se ve oscuro durante unas pocas horas. No te preocupes de que vaya a hacer cualquier tipo de locura. Déjame soñar. Ir a ese lugar que yo misma creo donde nada malo ocurre, donde nadie ha desaparecido, donde sé que voy a poder encontrarme con él sabiendo que voy a poder hablar durante días y días sin descanso mientras en la realidad pasan escasos minutos.
           
No me encerraré para siempre en ese mundo idílico. Los que se van no pueden volver, ya lo sé. Llegará un día en que me volveré a levantar y podrás ver de nuevo en mi cara una sonrisa. Podrás oírme reír.

Pero, hasta entonces, déjame llevar mi ritmo y afrontar este dolor a mi manera. Déjame perderme en ese mundo lleno de rosas y unicornios que crea mi fantasía; en el que no hay dolor, muerte o desesperación. En el que existen finales felices que no acaban nunca y la persona querida no te abandonará nunca.


Sirah

Un pormenor

Cuando se cayó la copa, los mil y un cristales que quedaron sobre la mesa, flotando en el aire, fueron un símbolo más. Al igual que mi mirada, al igual que mi cansancio, al igual que mi corazón. Gimiendo.

No esperaba  esa respuesta, no la esperaba en ese lugar. Fue un choque que no podía soportar. Me destrozaste, y hecho añicos, resto de astillas, no podía ni tartamudear cuando escapaste a mi vista. Cuando te marchaste.

Te odié por todo lo que te quise y lo que hiciste conmigo, con aquella copa de cristal.

Se cuentan por meses el tiempo que estuve en cama, desganado por tu culpa, abandonado. No quería nada más, perdí lo mas valioso que había podido tener. Pensé, pobre ingenuo de mí, que volverías. Que no me dejarías así. Que todo sería una broma. Cruel broma, ya estaba durando demasiado... Falacias, mentiras, no volviste. Y cuando vi una foto tuya, con mil chicos, hecha el dia anterior de la ruptura, me di cuenta que nunca en realidad tuviste algún aprecio por mí.

Y Dios sabe cuanto lloré de sentirme manipulado; que la ciudad sufrió lágrimas del cielo durante varias semanas; las mismas lágrimas y la misma apatía que la que podía sentir.

Pero no puedo, no debo vivir del pasado. Decidí ponerme una máscara para evitar que la gente viera mi maltrecha cara y poder salir de nuevo a la calle. Intentar recomponerme, volver a vivir. Mi vida había dependido demasiado de ti.

Y empecé a salir, a ir a clubs de música para escuchar nuevos cantos, nuevas voces, nuevas almas,a bibliotecas, a leer historias que me estaba perdiendo. A ir a conferencias de oyente, para aprender. Hice cursos de primeros auxilios, donde me enseñaron a hacer de nuevo latir el corazón.

Después viniste pidiéndome volver a salir. Que todo había sido un error. Seis meses no son un error. Y yo ya estaba rehecho. Cuando escalé la cima del Monte Blanco, cuando vi el anochecer en Finisterrae, o las luces mágicas celestes en Trondheim... Cuando ayudé en Nueva Orleans como pude, cuando vi al mundo volver a sonreír...

Vi la cara de la naturaleza, y me enseño un mundo. Un mundo en el que un vaso roto, un corazón deshecho... pero también tu misma, no eras más que un pormenor.

Soetz

Un sombrero perdido.

A día de hoy me acuerdo de algo. Un simple sobrero. Ese sombrero fue uno de mis grandes compañeros durante quince días. Juntos realizamos las mas grandes travesías, escalamos montañas y bajamos a lo más profundo de los más hermosos valles. Un compañero que no me abandonó y que como un amigo sacrificado me quitó el sol de la cabeza poniéndose el en medio y sin llegar a emitir una sola queja. Este sombrero sufría mi más grande olvido todos los días cuando lo dejaba tirado encima de la mochila, a veces mojado, otras arrugado, otras ni siquiera salía del fondo de la mochila y sin embargo no me abandonó hasta el último día.

Es muy bonito alabar a un sombrero, pero si me paro a pensarlo bien no es lo que realmente estoy recordando, pues no dejaba de ser un simple sombrero comprado en una tienda de deportes. Lo que aquí recuerdo son los días que pasé  con esa gente, quince días inolvidables en los cuales dí todo de mi mismo, junto con mis tres compañeros, para convertir las caras de tristeza que trajeron esos niños por separarse de sus familias en caras de felicidad continua que no había manera de borrarlas.

Ya no tengo ese sombrero, me despedí de el el ultimo día. sin embargo no me despedí con el con lagrimas de dolor o gestos de indiferencia por ser un sombrero, sino que me despedí con el con una sonrisa, ya que ese sombrero estaba ahora con un niño  de los que había estado cuidando durante esas dos semanas, y sabía que, aunque en una semana o menos se olvidara de ese sombrero, y de ese monitor, llegará un día en el que lo encontrará en el fondo del cajón, lo sacará con una sonrisa y se lo pondrá recordando las cosas que fueron, que ya no serán, pero que nunca se olvidarán.

-M-

One day more, one life less

Era una noche como otra cualquiera. De repente, un hombre salió del bar. Un desconocido, alguien quien nadie había visto por la zona. Era el típico desconocido de las películas. Abrigo oscuro, bufanda de color claro y un sombrero de fieltro. Pasos rápidos, como si se sintiera perseguido, mirando hacia todos los lados. Su amplio abrigo parecía querer ocultar algo, como una caja pequeña o algún tipo de sobre con algún importante y oscuro secreto. Desde luego, no es el tipo de persona a la que cualquiera se acercaría a preguntar la hora.

Este personaje avanzaba por las calles, como sin saber muy bien dónde se dirigía, o sabiéndolo demasiado bien, callejeando y girando, no se sabe si con azar o con decisión, de manera que casi nadie podría seguirlo. Cada vez se adentraba en calles peor iluminadas, las sombras iban poco a poco invadiendo su camino. Cada vez los recovecos eran más, las sombras eran más alargadas, a este paso, no tardaría mucho en sumirse en la oscuridad completa. Las calles aledañas pasaron a ser callejuelas oscuras, sin ningún tipo de iluminación, que hedían a peligro y descomposición. Cada vez la calle que seguía era más y más estrecha. Hasta que alcanzó su final. Un alto muro de tres metros cerraba el final de la calle. Junto a él, descansaba un mendigo, con sus harapos, inconsciente de que esta sombra se acercaba.

Repentinamente, este personaje sospechoso hizo algo inesperado, tal vez no tanto para él. Se despojó de su abrigo en un movimiento rápido y liberó de debajo de él una afilada navaja. Con su tembloroso pulso la alzó sobre la cabeza del mendigo. Parece que había venido a este lugar para saciar su sed de sangre y por fin lo iba a lograr. Un mendigo no sería una gran pérdida para la ciudad. Tensó todos sus músculos antes de realizar el movimiento fatal y en un segundo todo estaba cubierto de... ¿polvo? Resulta que había clavado la navaja en la pared, en un lugar clave, haciendo que se derrumbara un pedazo y dejando al descubierto una puerta.
Entró sin dudarlo. Sin el abrigo, se podía ver un chaleco, que seguía ocultando algo, y el bolsillo en el que había ocultado anteriormente la navaja. Avanzó una sala tras otra, cada vez con más prisa. Y de repente sonó su móvil. Era su mujer.

Su mujer, a la que habían secuestrado y por la que se había adentrado en semejante aventura. Sólo había recibido una foto de su mujer secuestrada y un mensaje, escrito con letras de ordenador, de diferentes tipografías y tamaños. "¿DE VERDAD QUIERES RECUPERARLA?" Tras varios días de desesperación, finalmente recibió un segundo mensaje, con un mapa de la ciudad y una ruta marcada, era justamente la que acababa de seguir. También había indicaciones sobre cómo abrir el muro insertando un objeto afilado en los ladrillos entre el tercer y cuarto nivel. Finalmente, le indicaba que debía llevar cincuenta mil dólares en efectivo a aquella casa oculta, ir solo y solamente armado con el objeto afilado, y que lo debía dejar en la puerta al entrar. Así que preparó este periplo, se aprendió el mapa, sacó el dinero del banco (afortunadamente, siempre tenían dinero ahorrado) y compró la navaja más útil que pudo encontrar. 

La llamada llegó en el momento en el que nuestro protagonista se encontraba en el dormitorio de la estancia, su mujer le dijo que ya la habían devuelto a casa, y por fin respiró aliviado y se sentó, ya más relajado en la cama. Craso error. No sabía el peligro que le acechaba. Su mujer pudo oír perfectamente cómo pronunciaba sus últimas palabras, mientras sus cuerdas vocales eran lentamente seccionadas por la navaja que nuestro prota había traído, mientras su sangre comenzaba a bañar mis manos y el éxtasis invadía mi ánimo. Su mujer oyó mi carcajada de felicidad pura de justicia instantes antes de colgar.

Nuestro prota era un cabrón. Su mujer, Mary, creía ciegamente en él, pero no merecía para nada un hombre como ese. La conocí por casualidad un día. Ella iba por la calle, a punto de llorar. Yo estaba de un extraño buen humor y la vi tan mal que traté de consolarla. Ella, recelosa, me preguntó que qué quería. Sinceramente, solo quería no verla triste. No la conocía, pero no quería verla triste. Entonces fue cuando ella me contó lo que ocurría. Por aquellas fechas, su marido no paraba de ver a una chica, una amiga de él. Y de repente, ella entró cuando estaba su marido con su amiga y pudo ver cómo le estaba tocando el culo. Salió corriendo de la casa y entonces fue cuando me la encontré. Le dije que un hombre así no la merecía, y aunque no la conocía, decidí darle mi teléfono.

Poco a poco nos fuimos haciendo más amigos y yo empecé a sentir algo más intenso por ella. Su marido consiguió explicarle ese episodio, y ella se lo tragó entero. Pero yo no me fiaba de él. Y decidí seguirle a todas partes. Ver qué hacía, con quién se juntaba... Y , oh, sorpresa, descubrí que era verdad que era un cabrón que se tiraba a todo lo que se meneaba sin ningún remordimiento por su esposa. No pude más, tenía que hacer algo, demostrarle a Mary cómo era su marido.

Y entonces fue cuando decidí secuestrarla. Empecé a mostrarle imágenes de su "querido y fiel esposo" tirándose a más de veinte chicas diferentes, fotos que conseguí en menos de medio año. Todo esto lo hice sin que ella supiera quién era yo, obviamente. Pero ella se negaba a aceptarlo. Y yo no podía aceptar que siguiera con ese hombre. Así que tomé medidas drásticas. Conocía una casa cuya entrada estaba oculta. Llamaría a su marido allí para que me entregara el rescate y me pagaría sus infidelidades con su vida. Pero eso sólo yo lo sabía.

Era el día. Lo vi salir del bar de la zona a la hora indicada y comenzó su ruta. Yo seguí una ruta paralela más rápida, observando su nerviosismo y cómo avanzaba hacia la casa. Había soltado a Mary y sabía que lo primero que haría al llegar a casa sería llamar a su marido. Esperé a que entrara para coger la navaja que obedientemente dejó en la puerta. Mary debía de estar llamando. Oí un móvil, estaba en lo cierto. Y ahí lo tenía, sentado de espaldas a mí, hablando esperanzadamente con su esposa. Y entonces lo agarré por la espalda y escuché cómo su respiración y su pulso se aceleraban antes de ir volviéndose más tenues conforme su navaja, ahora en mis manos, seccionaba su cuello, conforme su sangre, caliente, oscura y espesa, se deslizaba sobre mis manos, entre mis dedos y alimentaba mi sensación de júbilo. Ello no evitó que escuchara sus últimas palabras: "Mary... Te... Te quiero... Lo siento... Te quiearghh..........."

Minutos más tarde mi júbilo había desaparecido y había sido sustituido por la razón que todos poseemos. Por fin era consciente de lo que había hecho. había matado a un hombre. No podía soportar la culpa. Y de repente vi la ventana. Subí un piso tras otro hasta llegar al último piso. Entonces cogí carrerilla y salté con todas mis fuerzas a través del marco desvencijado de la ventana, que no albergaba ningún cristal desde hacía años. 

Pero el karma había tomado una decisión. Yo no debía morir y debía cargar con mi culpa para el resto de mi vida. Aterricé en un contenedor de basura abierto. Solo me rompí los huesos de un pie, nada para lo que fue la caída. Y volví a casa cojeando, hediendo a basura, y empapado en sudor y sangre. A día de hoy sigo sintiendo la misma culpa que en aquel momento. Desearía haber muerto, pero no fue así. Ahora hay tres palabras que no paran de retumbar en mi cabeza y no me dejan dormir por las noches y que he empezado a escribir por todas partes...


MARY, LO SIENTO.

H 

jueves, 14 de noviembre de 2013

Es como echarle sal a la vainilla

Caminaba hacia delante por hacer algo. La amargura era tan inmensa, que a cada paso, las manos se balanceaban como mi corazón entre sus manos. No me creía nada, pero pasó. A cada paso, me alejaba de aquel portal, de esa puerta hacia el abismo. Me dolían sus ojos, me dolía mi aliento. Su mirada de asombro teñida de miedo retumbaba en mi cabeza. Su voz, ahogada por la ansiedad, resonaba en mis oídos. Mi corazón no fue robado, más bien, arrebatado. Se quebró en sus manos. La amistad quedaba lejana, pero el dolor era muy presente. Ninguno lo quería así. ¿Quién gana en esto? Verdaderamente el guion era extraño.

Y bajo aquel escenario, me lancé a la nada. Para tener algo que no había tenido, tuve que hacer eso que nunca había hecho. Pero la caída fue brutal, seca, intensa, amarga. Mi piel se congeló, pues esperaba broncearse por un sol cálido y acogedor, pero se encontró una noche cerrada y fría. Nada dolía más que su no. Pero no fue un no sin más. Fue adornado con palabras de amistad y disculpa. Ese sentimiento tan puro, pero a la vez tan complicado, había dado lugar a un “lo siento”. Desde luego que lo sentí. Mil puñales me atravesaron, me desangraron y me dejaron vacío. ¿Adónde se fue la esperanza?

Tras la caída vino la desesperación. ¿Podía culparla por no sentir lo mismo? La pregunta no me abandonaba. Oh, fiel compañera es la duda. Desde que todo empezó, la duda siempre estuvo ahí. Desde ese día que pude conocer su mirada y quedarme preso de sus ojos. Y no hubiese sido tan esclavo si a la duda no le hubiese acompañado el tiempo. Siempre el tiempo. No quería el desenlace de este guion, no quería el verme desloado, no quería el verme sólo sin su sonrisa.

Bailar con los ojos cerrados es una bonita forma de besar.


Después de tanto tiempo juntos y se acabó, ya está, sin más. Simplemente no eran capaces ni de siquiera mirarse sin que el recelo, la desconfianza, se filtrasen en sus ojos.
Sentada en la silla de su escritorio, contemplaba impasible la escena, escuchaba sin escuchar los argumentos y las réplicas que salían de la boca de aquel que había compartido con ella todo; aquel que con su sonrisa había hecho cada día a su lado más especial que el anterior, aquel cuyo consuelo y hombro siempre habían estado, aquel que tantas noches, entre caricias y susurros debajo de las sábanas, le había demostrado su amor.
Su cabello caía por sus hombros hasta reposar en sus pechos como largas llamas brillantes. Sus ojos azules, aún más azules por las lágrimas, luchaban para contenerse.
A veces ocurre que dos personas están hechas para enamorarse, pero no para estar juntas. Sin duda, eso es lo que estaban admitiendo en esos momentos.
Los celos, la desconfianza, las discusiones incesantes, habían matado a su pequeño Cupido.

Uno replicaba dar demasiado y no recibir nada; el otro, decía que no era así.
Uno replicaba los celos; el otro los defendía argumentándolos.
Uno decía “te quiero”; el otro, que no podía.
Uno decía que no podía; el otro, decía “te quiero”.

Ninguno dijo nada sobre el fin de la relación, sobraban las palabras. Sabían que ya no podían seguir luchando por algo que había muerto hacía tiempo.
Esa noche era su última noche en París, y de mutuo acuerdo mudo, decidieron hacerla la mejor noche que hubiesen pasado juntos. Y la última. Cuando volviesen a su ciudad, cada uno llevaría su vida por separado.

Se ataviaron con las mejores sonrisas que pudieron conseguir dibujar en sus labios.
Rímel en los ojos, labios rojos. Camisa y corbata.
Pasearon cogidos de la mano por todo París, y se detuvieron en la Plaza de la República, donde vieron cómo las gentes bailaban al son de una guitarra y la delicada voz de una soprano. Y ellos también bailaron.

Y cogidos de manos y caderas, descubrieron que bailar con los ojos cerrados es una bonita forma de besar.



Idol of Roses

Historia de un marcapáginas

Hace un año, le regalé a mi padre un libro y un marcapáginas para su cumpleaños. Desde entonces, no se ha terminado el libro. Veo que lo abre, lo lee, lo cierra. Al día siguiente hace lo mismo, pero el marcapáginas cambia de lugar. A veces avanza, otras retrocede. Me extrañaba que hiciese eso. Aún así, él siempre sonreía. ¿Se perdía entre las páginas? No, la respuesta es que hoy el médico me ha dicho que tiene alzhéimer.  Parecía bonito, ¿verdad?


Dávila

Buscando tus pasos

Cuando está a punto de desaparecer, la ola ahoga su grito mientras choca mortalmente con la arena. Y su espuma se apaga, lentamente, sin dejar rastro de ella. Fue un rayo de sol, un reflejo brillante de la luz que sobre las tranquilas olas se reflejo mostrando que había algo más que arena, agua y piedras. Que había vida en tu piel.


Una pequeña laguna que separaba la playa en dos partes, un canal donde cientos de críos intentaban contener el caudal para no quedarse sin su pequeña piscina caliente de juegos donde descansar y disfrutar. Allí, mirando las olas junto al alboroto, una flor salió del agua y mostró una gran sonrisa a la costa de Huelva.


Eras pequeña para lo que aparentabas, pero eras más lista que cualquiera de tu clase. Mostrabas siempre tu risa, y yo mi sonrisa cuando te veía y estaba contigo. Y paseando junto a la arena, yo te protegía de las bromas de los pequeños.


Mis vacaciones eran cortas, y te conocí demasiado tarde. Quería haber estado más tiempo contigo. Y el último día, en aquella fiesta de despedida de la residencia donde me alojaba y cerca de donde tu descansaba aquel verano, lograste sacarme a bailar. Odiaba el baile. Ahora me recuerda a ti.


Y nos besamos entre el jolgorio de la gente.


Pero las olas no duran más que un rato, y tras mojar la arena dejan un simple rastro de espuma en su camino. Al día siguiente tuvimos que despedirnos, y yo me fui a mi casa al norte, y tu, a tu casa aún más arriba.


Y al año siguiente veraneé lejos de allí, y aunque te busqué, ya no estabas ahí. No te he vuelto a ver desde entonces. Recuerdo que me dijiste que, cuando cogieras el avión vuelta a tu hogar y sobrevolaras mi casa, me recordarías. Sé que lo hiciste. Me pregunto si lo harás aún, o te olvidaste de mi.


O si me olvidaré yo de ti.


Pero en la playa, cuando piso la arena y veo mis huellas marcadas sobre la arena, antes de que el agua las borre con ese grito ahogado de los buenos recuerdos, busco las tuyas junto a las mias y pienso si el agua ya las habrá borrado.


Y recorro el camino buscando tus pasos.


Niègoch


miércoles, 13 de noviembre de 2013

Esos pequeños detalles.

"El sentido de la vida se encuentra en esos pequeños detalles". No sé quién dijo esa frase, ni siquiera sé si lo dijo así, ni siquiera sé si me lo estoy inventando. Da igual.  Estoy de acuerdo con esa frase. Puedes sentirte vacío, llegar a pensarte inútil, ver todo en tonos de negro oscuro aun con las luces encendidas. Y de repente, te fijas en eso. ¿Te a sonreído esa persona desconocida? ¿Era a ti o era a otro? Bueno, serán imaginaciones tuyas. ¿O no? 

Y de repente todo comienza a cambiar de color. Empiezas a ver que más gente sonríe, te mira, como si ya no fueras esa sombra que te creías. Todo sigue exactamente igual que antes. Pero nada sienta igual. Es increíble el poder de una simple mirada, de una risa sincera, de un gesto desde lo más profundo del alma. La reacción que puede desatar es inesperada.

A veces pienso sobre mi vida y me doy cuenta de que mis peores épocas no an sido aquellas en las que más razones tenía para estar mal. Para nada. Mis malas épocas coinciden con épocas en las que no encontraba sentido a lo que hacía. ¿Por qué? Estaba ciego a los pequeños detalles que me rodeaban. Podía ver que me sucedían cosas buenas, pero era totalmente incapaz de disfrutarlo, no le encontraba el sentido a ello, y eso me undía cada vez más. Sé que ese fue mi problema en esos períodos de tiempo, y sé, porque me conozco, que tarde o temprano me volverá a pasar. Pero no por ello me voy a negar a luchar. Y quiero acerlo con vosotros.

Os propongo una cosa. Bueno, en realidad son dos, pero como lo meto en un solo párrafo igual cuela y así os resulta más fácil el cumplirla. En el camino abitual que realicemos todos los días, fijaos en la gente que pase a vuestro alrededor. Mirad si os mira, cómo os mira, cómo reacciona, si sonríe o qué le ocurre. Normalmente tendemos a aislarnos en una burbuja cuando estamos mal, y eso solo consigue que nuestra burbuja se empañe más y veamos menos del exterior. Y eso es un problema que podemos solucionar con este aparentemente simple acto. Pero no me voy a quedar solamente en eso, no. Os propongo también que salgáis a la calle con una sonrisa, y que ni el viento ni la lluvia consigan borrarla de vuestra cara. Veréis que la reacción de la gente no es la misma. Y, ¿quién sabe?, tal vez seáis esa persona desconocida cuya sonrisa me a echo cambiar.


P.D. ¿Abéis notado algo raro en este texto? No sé, es como si faltara algo, ¿no? Tal vez la primera vez no lo ayáis notado, la segunda abréis pensado que se trataba de un error, pero a estas alturas ya veis que ay un fallo importante. Pero, en realidad, solo es una letra. Una letra que ni siquiera se pronuncia. Pero cuya ausencia se nota, e incluso duele. ¿Veis? Los pequeños detalles son tal vez los más importantes. Y aora firmaré con mi seudónimo. O no, ¿quién sabe?

.

El «te echo de menos» después del terremoto.



Miradas caídas, restos de café en la mesa, tensión, silencio, cigarros consumiéndose.
Cogió el cigarro de sus labios entre sus dedos índice y corazón, lo apoyó en el cenicero, pero no levantó la mirada. Expulsó todo el humo de sus pulmones, y fue entonces, entre aquella pequeña niebla procedente de ella, cuando reunió el valor para mirarle a los ojos. Él seguía cabizbajo y ninguna palabra había salido de su boca. Eso la exasperaba. Ni siquiera trataba de justificarse.
Se sentía total y profundamente decepcionada, podría esperarse de cualquier persona que le fallase, pero no de él. Observó su gesto cansado, arrepentido, sus manos yendo hacia su pelo de carbón, revolviéndolo. Reconoció ese gesto, tan sólo lo hacía cuando estaba nervioso.
Volvió a posar el cigarro en sus labios. Una calada, y otra, y otra. Más niebla pulmonar flotando. Estaban tan cerca, pero tan lejos… El polígrafo a cien y ni siquiera habían abierto la boca.

Mientras ella fumaba, en los pequeños huecos del humo, él la miró. Su pelo castaño aprisionado en esa alta cola de caballo, sus ojos marrones casi cerrados, cansados, lágrimas que fluían, suspiros tratando de ser ahogados. Pudo leer la decepción en sus ojos.
Trataba de articular palabra, una sola, pero no podía. No había nada que pudiese decir para intentar salvarse, lo sabía. Eso le dolía, sentía cómo llovían mares en su interior. Él también sentía decepción hacia sí mismo. E impotencia, impotencia por haber hecho daño a quien más quería y no saber cómo remediarlo, o al menos, intentarlo. El polígrafo a cien y ni siquiera habían abierto la boca.

Ella levantó sus ojos, rojos por las lágrimas. Sus miradas se encontraron. Y con una voz ronca, agotada, en un hilo de voz, logró decir:
Me quieres, pero no sabes. Te quiero, pero no quiero.



Idol of Roses.